viernes, 20 de marzo de 2020

Incierto


Parafraseando a Saer: amanece y ya estamos con los ojos abiertos.
No se oyen los motores de los autos que cruzan el carretero, ni el canto de los pájaros que el viento suele traer desde costa.  Ni la voz de la vecina que apura a los hijos con el desayuno. Ni el susurro de los amantes que se despiden en la penumbra. Solo la voz de la cuidad llega, delatora; viene de muchas direcciones. Viene en forma de silencio.

Encendemos el televisor o tal vez no, tal vez ha quedado encendido toda la noche.
Fuera de la cama la incertidumbre ha tomado forma. La de las caras somnolientas de los que por costumbre se han levantado aunque no irán al trabajo. La de las respiraciones profundas que llegan desde las habitaciones de los adolescentes que gozan de la fortuna del sueño. La de los niños que alborotarán la mañana con sus  trinos.
Fuera de la casa el silencio ha tomado forma. La de las calles vacías. La de las vidrieras oscuras. La del caminante solitario que se arriesga. La de la cola frente supermercado: de dos en dos, por favor. 
Fuera de la casa lo incierto ha tomado forma. La de la góndola vacía. La de la cola frente al banco. La de la víbora de autos frente a los surtidores de combustible. La de las bolsas de comestibles cargadas por caras alargadas y la de los ojos enormes, de esas manos que viven de lo que se cosecha a diario.
Parafraseando a Saer: amanece y ya estamos con los ojos abiertos.






 

jueves, 5 de marzo de 2020

El otro atardecer



El río, allá abajo,  no puede reflejar las luces del atardecer, ni la barranca ni allá a lo lejos el puente del ferrocarril. El río no es río, es un charco que apenas repta hacia el carretero. Se asoman de sus aguas los ladrillos de cemento de la defensa, ladrillos sujetos por mallas de acero. Parece un gigante lleno de pústulas. Huela a camalotes podridos, ese olor que se parce demasiado al de la muerte.

Al principio la acompañaba un niño pequeño, más pequeño que ella, quiero decir, que tendrá, yo supongo, unos nueve años, es difícil saberlo porque el cuerpo menudo hace pensar en no más de siete.

¿Tiene algo? es lo primero que siempre dice.

Al principio yo le daba un par de frutas, entonces, enseguida, después de guardar las frutas en una bolsa de supermercado, venía un suspirado: ¿tiene algo para cocinar esta noche?

Al principio, yo le alcanzaba un paquete de arroz o de fideos, que también iban a para a la bolsa.   

Al principio, lejos de haber terminado, lejos de poder cerrar la puerta y meterme en las noticias o volver al libro o la computadora y olvidarme o más bien no pensar en el asunto, me encontraba ante una nueva pregunta pronunciada con una imitación de último aliento: ¿tiene una ayuda para comprarle pañales a mi hermano?

Al principio, un día dije no, otro sí, otro no, otro dije no vengas todos los días, todos no porque no puedo.

Ahora viene tres veces por semana.

Ahora repite las mismas preguntas y en el mismo orden.

Ahora obviamos la cortesía, no nos saludamos, no hay un “gracias”, ni su consecuente “de nada”.

Ahora no viene el pequeño.

Ahora, el algo para cocinar, ha sido reemplazado por pedidos específicos, ella dice harina o polenta; a veces dice: fideos no, arroz sí.

Ahora ya no suspira las frases.

Ahora la ayuda para el pañal, tiene un 42 por ciento de aumento.  

Entretanto el río sigue bajando.